Por
Federico Lande
Martes, 28 de Noviembre del 2023
El verdadero “ser estoico”
¿Qué cosas podemos controlar en la vida y cuáles no?
"Dios, concédeme la serenidad para aceptar lo que no puedo cambiar, valor para cambiar las cosas que puedo cambiar y sabiduría para reconocer la diferencia. Esta es la Plegaria de la serenidad, redactada en 1934 por el teólogo estadounidense Reinhold Niebuhr y utilizada frecuentemente en Alcohólicos Anónimos. “No es sólo un paso fundamental para recuperarse de una adicción, sino también la receta para ser feliz", escribió el filósofo Massimo Pigliucci en su libro 'Cómo ser un estoico'.
Entonces, ¿es posible vivir felizmente en este mundo caótico? ¿Cómo hacer lo mejor que podamos mientras aceptamos lo que no podemos controlar? Cuando la vida misma es pura incertidumbre y se suceden una crisis tras otra, la filosofía estoica se presenta para ayudar a tener una vida más plena basada en el valor del razonamiento.
El estoicismo fue creado hace más de 2.000 años por Zenón de Citio. Nacido en Chipre, sobrevivió a un naufragio, pero perdió todo lo que tenía. Llegó a Atenas y allí conoció las filosofías de Sócrates, Platón y Aristóteles. El nombre de su filosofía proviene del lugar en el que difundía su pensamiento; una ‘stoa’ o galería cubierta que se encontraba junto al Ágora de la ciudad. Epicteto, Séneca y el emperador Marco Aurelio, que dejó para la historia su obra Meditaciones, son algunos de los estoicos más relevantes de la época.
La palabra estoico, en su uso moderno, se refiere a aquella persona que es indiferente al placer, la alegría o al dolor. No en vano, el diccionario de la Real Academia de la Lengua Española (RAE) la define en su primera acepción como “Fuerte, ecuánime ante la desgracia”.
Lo mismo podemos leer en el diccionario de Oxford que la describe como una persona que sufre dolor o problemas sin quejarse o sin mostrar lo que siente. Sin embargo, la doctrina estoica se basa en guiarse por la razón y, debido a que no se puede controlar lo que sucede a nuestro alrededor, si podemos controlar (o al menos intertar controlar) lo que pensamos.
El estoicismo ofrece una guía práctica para permanecer fuertes y en control de las emociones negativas y de las situaciones conflictivas a través de la idea de la dicotomía del control, una de las herramientas más relevantes de su filosofía que ha ido evolucionando hasta nuestros días.
La dicotomía del control realiza una distinción entre los asuntos que son nuestra responsabilidad, y por tanto podemos controlar y los que están fuera de nuestro margen de acción, y por tanto no podemos controlar.
El sufrimiento estaría entonces relacionado con nuestra dificultad para distinguir un área de otra. Escribió Epicteto: “Bajo control están nuestras opiniones, aspiraciones, deseos y las cosas que nos repelen. Fuera de control, sin embargo, hay cosas como el tipo de cuerpo que tenemos, el haber nacido en la riqueza o el tener que hacernos ricos, la forma en que nos ven los demás y nuestra posición en la sociedad”.
Si consiguimos que nuestros objetivos sean interiores, nunca culparemos ni criticaremos a nadie porque lo que hacen otras personas está más allá de nuestro control, y por ello no es algo por lo que enojarse.
En palabras de Séneca: “El hombre sabio se preocupa por la intención de sus acciones, no por sus resultados”.
El resultado será una actitud de calma ante la incertidumbre de la vida, que será así más llevadera.
Nietzsche tomaría esta idea en el término amor fati: «el no-querer que nada sea distinto, ni en el pasado, ni el futuro, ni por toda la identidad».
El estoicismo actual propone que esta dicotomía se convierta en una tricotomía y se añada una tercera opción que serían las cosas sobre las que se tienen un control parcial. Un ejemplo sería lo que pasa en los deportes en donde los resultados no están bajo nuestro control absoluto ya que influyen variables como la habilidad del rival, las condiciones del clima o la justicia del árbitro.
Por ello el objetivo no debería ser ganar el partido sino jugar de la mejor manera posible ya que eso sí se puede controlar.
La vida es caprichosa. Querer no siempre es poder. Los resultados no sólo dependen de nuestras acciones.
Podemos intentarlo con todas las ganas y aún así no lograr los objetivos que nos proponemos. Por tanto, el verdadero estoico es un ideal al que dirigirse para avanzar hacia la autorrealización, no una meta.
La próxima vez que te preocupes por una situación, pregúntate: ¿Qué es lo que puedo manejar?